Debate entre Cristina Riera y Jaron Rowan: cultura ¿derecho fundamental?
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[...] En este contexto capitalista, la cultura no podía pasar a ser más que un producto industrial a rentabilizar. Consumo de cultura de espectáculo para masas. …como derecho social básico sería algo cuestionable, verdad? El concepto de sociedad que reconoce la cultura como derecho básico, en mi opinión absolutamente personal, es una sociedad que reconoce a los ciudadanos como personas portadoras de riqueza en forma de emociones, valores, creencias, vivencias, símbolos… Una sociedad que ofrece y propicia espacios de relación y de intercambio de perspectivas, para el enriquecimiento a partir del contraste, del diálogo, incluso del conflicto. Hablamos de aquello que diferencia a los humanos de otros seres vivos…, suena a bastante básico, no? Y para que el intercambio y enriquecimiento mutuo sea posible, es para mí imprescindible garantizar espacios de encuentro, y dotar a la sociedad de los elementos necesarios para proteger un ecosistema cultural rico y diverso, garantizar su accesibilidad y posibilitar la participación de la ciudadanía en la construcción de su propio entorno. Espacios de libertad creativa donde se favorezca la multiplicación de prismas desde donde interpretar la realidad. Poesía, abstracción, denuncia, ironía… Propuestas que nos embellecen la existencia, nos incomodan, nos dotan de herramientas para la comprensión del contexto… Diferentes posiciones y perspectivas posibles y enriquecedoras que permiten huir de una visión plana y homogénea de la existencia, y que nos permiten seguir creciendo y desarrollándonos como personas y como colectivo. Que nos permiten abordarla como seres humanos pensantes y sociales. …suena a bastante básico, verdad? Seremos capaces de recuperar lo que entiendo como la esencia de la cultura para poder defender sin duda alguna la cultura como derecho social básico? Cristina Riera – texto completo y comentarios en Cultura, derecho social básico? Hola Cris, Me gustaría pensar que la cultura nos ayuda a formar juicios críticos, entrar en diálogo con otras personas, abrir nuevas perspectivas en torno a la realidad, nos ayuda a pensarnos en común, nos ayuda a construir una identidad colectiva y nos ofrece pistas y posibilidades por las que poder desarrollar nuestra personalidad. Me gustaría poder pensar que la cultura nos ayuda a construir subjetividades más complejas, expandir nuestros espectros emocionales, explorar las posibilidades de nuestros cuerpos, ahondar en ciertas ideas, profundizar en nuestra vida sensible y dotarnos de nuevos elementos para comprendernos mejor. También me gustaría pensar que la cultura nos puede proveer de visiones críticas, puede constituir una fuente de conflictos, puede suscitar y promover formas de antagonismo, puede poner un crisis los espacios y discursos normativizadores, puede iluminar las diferentes esferas de valor en las que vivimos, puede alentar el disenso y proveernos de un imaginario de formas de lucha y éxodo. Por todo ello me gustaría poder concebir la cultura como aquello que nos dota de palabras, lenguajes, imágenes y espacios para poder ser en común. Para que la cultura sea todo esto y no una serie de veleidades y entretenimientos de ciertas élites, propuestas populistas para distraer al trabajador de su rutina, formatos caducos que se repiten y reproducen en cualquier lugar, espectáculos vacuos que sólo persiguen cautivar nuestra atención, un conjunto de imágenes y discursos que reproducen los privilegios de clase, imaginarios masculinos heteronormativos y excluyentes, privilegios de ciertas minorías ilustradas o imposturas intelectuales, hemos sido testigos de años de protestas, demandas y luchas protagonizadas por diferentes sectores de la sociedad. Al igual que el poder tener acceso a una educación pública o a la sanidad universal, el acceso a una cultura crítica, plural y rica es fruto de sucesivas conquistas sociales. Al igual que lo que está pasando con la educación y la sanidad, estos derechos y conquistas están siendo cercenadas, vilipendiadas y destruidas con una pasmosa celeridad. El cierre en cadena de instituciones culturales (públicas, privadas y de gestión común), la desarticulación de tejidos culturales (desde centros sociales autogestionados, equipamientos de barrio, salas de exposiciones, teatros, salas de conciertos, festivales literarios a museos y grandes fundaciones, pasando por centros cívicos, salas de cine o recitales de poesía) y el expolio continuado al que se han visto la entidades culturales (como el Guggenheim Bilbao o el Palau de la Música) constituyen ejemplos de la destrucción orquestada de nuestros derechos. Los mecanismos y estrategias que se han seguido son variados y de diferentes intensidades. Desde el estrangulamiento consensuado de gran número de iniciativas y colectivos que en su momento optaron por seguir programas y planes de emprendizaje, la muerte lenta a la que se ven sometidas numerosas instituciones que han de asumir una creciente carga burocrática y administrativa acompañados de una continuada merma de recursos, la agónica muerte por dejadez a la que se han visto expuestas algunas de las instituciones y espacios más significativos del Estado, la destrucción por agotamiento del cerebro y el talento de muchas de las personas que trabajan en la cultura, las trabas administrativas y jurídicas a las que se enfrentan los espacios autogestionados o la imposición de cargos políticos al frente de espacios e iniciativas culturales a las que son completamente ajenos (seres idiotas que se merecen todo nuestro desdén), son tan sólo ejemplos de esta destrucción. Me gustaría pensar que frente a esta destrucción sistemática de nuestros recursos, saberes e instituciones se podría organizar una resistencia activa que no se caracterice por posturas sectoriales que buscan salvar su nicho, presupuesto o chiringuito. Me gustaría pensar que lo que se intentan salvar son las conquistas sociales y políticas logradas por nuestras madres, abuelas, padres, tíos y tías. Haciéndonos eco del famoso lema proferido por los intermitentes del espectáculo “Ninguna cultura sin derechos sociales” nuestras protestas no son para proteger ciertos privilegios o cargos, constituyen una reacción frente a los ataques y violencia sistémica a la que nos estamos viendo sometidos en nuestro día a día. En menos de una década se han destruido derechos y conquistas que había costado siglos edificar. Es necesario dejar claro que la cultura no es una empresa, un lujo, una tradición ni mucho menos un sector. Es el sustrato sobre el que se basan nuestros saberes, idiomas y nuestra riqueza común. La cultura somos todas nosotras y eso es lo que quieren recortar. También soy consciente de que eso que se ha venido a llamar el sector cultural paulatinamente, y muy acomodado en la bonanza económica, se ha ido alejando de otros movimientos sociales y ha permanecido alejado de luchas y demandas en las que no se veía identificado. El ombliguismo y cierto corporativismo del sector ha hecho que sea complejo establecer ciertas alianzas o que no se le mire con cierto recelo. Igualmente, la obsesión por defender la cultura en términos puramente económicos, dejándonos llevar por ideas de clases creativas, industrias creativas, ciudades creativas, etc. ha puesto a la producción cultural en un sitio muy incomodo. En parte ha sido uno de los facilitadores de los procesos económicos cuyas consecuencias padecemos en estos momentos. A su vez este acento economicista nos ha dejado sin muchos argumentos para justificar la actual valía de la cultura. Sería difícil argumentar que en estos momentos hay un marco de política cultural con una dirección clara o con unas bases que ayude a orientar el futuro de la producción cultural. Sabemos que esta crisis no es pasajera y que va a tocar los cimientos del Estado del bienestar tal y cómo lo veníamos conociendo. Por ello no podemos ni mirar atrás añorando los años de pujanza puesto que sabemos que ya no van a volver. Lo malo es que no sabemos muy bien hacia qué futuro mirar. ¿Cómo se va a imbricar la cultura en la constitución de instituciones comunes?¿Cómo va la cultura a deshacerse de ese omblismo formal y político en el que ha ido sumiéndose?¿Cómo puede contribuir a repensar el papel de lo público sin caer en luchas sectoriales o de representatividad? Si sabemos que el derecho al acceso a la cultura es un derecho tan esencial y necesario para la ciudadanía como el derecho a la educación o a la salud, tenemos que imaginar formas de defender estos derechos de forma conjunta. Tenemos que empezar a olvidarnos de aquello que llamábamos “el sector” y empezar a considerar la cultura como aquello que permea y se desarrolla gracias a la fuerza de la cooperación de personas en aquello que llamamos “lo social”. Jaron Rowan |


Realment estam en una situació econòmica difícil per poder esbrinar quina seria la solució immediata per surtir-ne. Per una banda senyor batle si vostè ha viatjat per Espanya i Europa hi ha moltes altres alternatives d´allotjament i esbarjo pel que fa a comarques no industrialitzades. .El turisme destinat a Campos es majoritàriament familiar i tranquil. Amb aquestes característiques es podrien proposar ofertes de “Bed&breakfast” “Gasthaus” o “Chambres d´hôtes”(lloguer de cases i o habitacions) i fins i tot oferir l´oportunitat de poder conviure entre famílies campaneres. .Seria una de les millors maneres de conéixer Campos i la seva gent, i fins i tot ser avantatjats per seguir un model de turisme europeu. .Per altra banda s´haurien de destinar les inversions a un turisme no només de sol i platja sinó també a un turisme interessat per les nostres tradicions populars, gastronòmiques, artístiques, literàries… .Incentivar que el turisme pugui conéixer les arrels del poble ens podrà enriquir no només de forma econòmica sinó també amb valors i ser més oberts cap a alternatives sense crear conflictes i a ser més tolerants amb el medi i amb les persones.´